No sé ni por qué me molesto en escribirte sabiendo todo lo que me has hecho a mí y a los míos. Tu llegada fue caótica y he intentante arrasar todo lo que encontrabas por tu camino. Contigo llegó la muerte, el desengaño, la mentira, la enfermedad, la tristeza, la indiferencia y la desidia. Trajiste estos adjetivos (sabiendo perfectamente que los odio) a nuestras vidas y encima nos miras de reojo, como desafiándonos, que patético.
Sabes de sobra que peco de inocente de una manera casi constante. Por ello aún queda un resquicio de esperanza en mí para decirte que te concedo una última oportunidad.
No voy a pedirte que enmiendes tus actos, ni mucho menos, porque ellos ya son parte de nuestras vidas y nos hicieron más fuertes.
Tiendo mi mano para ofrecerte una especie te “tablas” , si me lo permites. Te propongo un plazo, concretamente 2 meses, para darnos una tregua a mí y a todos hasta tu partida. No te pido mucho, sólo que pares. Firmar un acuerdo tácito entre tú y yo para acabar esta guerra que no lleva a ninguna parte, porque te irás y no volverás, y vendrá otro que te sustituya (quizá mejor o peor, eso nunca se sabe).
Por mi parte prometo no recordarte perpetuamente por lo malo, sino por los diminutos momentos inolvidables que se te escaparon (yo creo que sin querer) entre maldad y maldad.
Lo que harás con esta carta es cosa tuya, puedes tirarla o plantearte lo que expongo. Total sé qué estás cansado y yo también. Ambos merecemos un respiro.
Atentamente.
Carta al Ilmo. 2008