Tomó un puñado de arena de aquella playa abarrotada y se lo llevó a la toalla. Era la hora de la siesta y el mar estaba tranquilo. Todos dormían. Ella clavaba los ojos sobre la tierra estéril. Miró su mano, llena de motitas blancas, negras, amarillas, grises...Esas partes diminutas conformaban en su conjunto la arena que traía el mar y colocaba cuidadosamente todas las mañanas sobre la orilla para su disfrute. La operación era tan sutil, tan frágil, tan fina...
Separaba los granos amarillos de todos los demás con toda la dificultad que esto conlleva: Se le metían entre las uñas al separarlos, a la mínima brisa volaban, se les pegaban en la piel por la humedad del mediterráneo... Aún así no desistía y dedicaba todos sus momentos de soledad a esta labor.
En una ocasión, alguien que pasaba por allí se paró a observarla. No evitó preguntarla cuál era el motivo de aquella concentración tan profunda.
- Separo los granitos de oro, de los que no lo son- le respondió sin apartar la vista del montón de arena. Miró enternecido a la niña, y le dijo con cariño que eso no era oro sino simplemente, pedazos de roca amarillenta que se habían roto hasta quedar así de pequeños.
La pequeña levantó por primera vez la mirada hacia el visitante y sólo se oyó el estruendo del mar como respuesta. Se levantaron las olas rugiendo violentamente- la situación duró solo unos segundos- Los suficientes para que el bañista se alejara de aquella chica para dejar de molestarla.
-¿Dónde encuentra entonces usted el oro? Le espetó intrigada
El turista se giró:
-Pues trabajo todos los días, me esfuerzo mucho y al final de la jornada recibo los frutos de mi trabajo-
-Entonces hacemos lo mismo -respondió indignada- Lo que pasa esque usted solo busca un tipo de oro y yo lo encuentro en todas partes.